The Brain Hack (Joseph White, 2015)

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Se suele hacer distinción -a veces demasiado y de una forma injustificada- entre los temas que se tratan en un corto y los que se tratan en una película. Ciertos temas, por extensión, se hace necesarios desarrollarlos en una película. También otros argumentos requieren mayor presupuesto para ser representados, y este mayor presupuesto no es sinónimo de cortometraje. Por eso a menudo los temas y su forma de tratarlos en un corto se han reducido a una especie de cuentecillos, con cierto contenido moral, pero al fin y al cabo a algo ligerito, sin demasiadas pretensiones, sin espacio para reflexiones más allá del propio argumento. Por supuesto los peros son numerosos y no sobran cortos –para nuestra eterna alegría- con aires grandiosos de película. Una de estas afortunadas excepciones es Brain Hack, escrita, dirigida y editada por el inglés Joseph White.

Cortometraje no es sinónimo de presupuesto elevado, no, pero eso no quiere decir que sea sinónimo de algo cutre o insulso, y esta cinta lo demuestra. Su director admite que «el rodaje parecía simple: dos tíos sentados frente a un ordenador». Sin embargo, «necesitamos 400 planos aislados,  14 localizaciones distintas y 8 ó 9 días de rodaje, algo poco común en un corto».

Se presentan un estudiante de informática interesado en neurociencia y otro de cine, el primero de ellos parece haber encontrado la ubicación de las visiones de Dios en el cerebro humano y está empeñado en controlarla. Para documentar este proceso y que no quede en vano, solicita la ayuda del segundo estudiante. Con un ritmo frenético, a modo de avance de una serie o de tráiler de cine negro, se mezclan planos propios de un documental y planos que rozan la esfera del cine de terror.

Brain hack es capaz de aproximarse a un argumento conspiratorio propio de Dan Brown, ya bastante manido, pero sin rayar lo pesado y además dotarlo de una coherencia y una solidez increíbles en el escaso tiempo del que dispone.  A eso se le añade, algo más admirable todavía, que el propio argumento deja hueco a interesantes reflexiones sobre el papel de los avances tecnológicos en la sociedad y el desarrollo en esta era de la sobre-información y globalización en que vivimos, que comparte lo mismo de ventajas que de peligros.

La interpretación de Alexander Owen y Edward Franklin, los planos, dinámicos y oscuros y los pocos –que no escasos- efectos especiales forman una bola maravillosa, bien hilada y oscura, atractiva, que consigue mantener la tensión desde el primer fotograma hasta el último. Un encuentro afortunado, en fin, con pretensiones más altas que ha logrado estar a la altura –y de qué manera- de cualquiera de sus hermanos mayores.

Aitor Boada

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