Suspensión de la incredulidad

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Hay una cosa que me sucede de manera constante con las películas de espíritus y fantasmas. Y es que, por mucho que reconozca que la película está bien hecha y es interesante, acaba por no causarme la más mínima emoción. Por el hecho de que, simplemente, no creo en ese tipo de cosas. Y claro, entiendo que estoy viendo una película, y que dentro del mundo de la película ese tipo de cosas ocurren. No tiene por qué tener lugar el argumento en el mismo mundo que el nuestro. Pero me acaba resultando siempre imposible la emoción.

Así, por ejemplo, siempre que veo El Resplandor puedo reconocerle todos los méritos artísticos y técnicos del mundo. Y puedo disfrutar con la caída en la locura de Jack Nicholson. Pero los momentos en los que se centran en las visiones del niño, en las comunicaciones telepáticas o en los espíritus que pueblan el hotel (construido sobre un cementerio indio, claro está) controlando los acontecimientos del presente me provocan un enorme bostezo. Por mucho que en el universo de la película esos elementos sean perfectamente coherentes desde el principio en el guion.

Y eso me supone un problema evidente en las películas que se centran simplemente en lo sobrenatural para provocar el terror. En El Resplandor por lo menos tenemos la locura del protagonista como elemento principal de fuente de terror, al menos para mí, y por lo menos en esa vertiente sí es capaz de generarme emociones. Pero cuando veo hoy en día películas que se basan casi exclusivamente en ese tipo de elementos, desde El Exorcista a Expediente Warren, soy incapaz de experimentar ningún tipo de terror.

Ese problema con la suspensión de la incredulidad en algún aspecto concreto de la trama me ocurre también de manera muy puntual en otro tipo de películas. Y me ha sucedido particularmente con La llegada, de la que voy a comentar algún elemento importante del argumento en el siguiente párrafo, con lo que aviso que vienen spoilers.

Porque resulta que uno de los argumentos centrales de la película es que, cuando el personaje de Amy Adams aprende el idioma extraterrestre, es capaz de “ver” el futuro. Es cierto que te dan argumentos durante la película para poder aceptar ese giro, que utilizan teorías lingüísticas (desfasadas) que defienden que aprender un idioma te cambia la percepción mental del mundo y eres capaz de ver las cosas de otra manera. Pero el salto de aceptar que un idioma implica una visión particular de las cosas, a aceptar que por aprender un idioma puedas ver el futuro es un salto imposible de dar, para mí. Y en ese momento me desconecto total y absolutamente de una película que me estaba apasionando hasta entonces. Y me es imposible reconectar en ningún momento.

Insisto que en estos casos no estoy hablando de un problema de guion, directamente. Los elementos que a mí me chirrían tienen todo el sentido del mundo en el universo en el que estamos hablando. Y más si hablamos de películas de espíritus o de ciencia ficción, que obviamente tienen mucho más margen para introducir elementos que son más complicados de aceptar en la vida real. Además, el resto del argumento va plantando la semilla para que cuando introducen esa serie de elementos encajen perfectamente en la película. Y entiendo que el resto de la gente los asuma sin ningún problema y estas películas les parezcan fascinantes. Pero yo no puedo. Hay ciertas cosas en las que no soy capaz de creer. Y me pueden echar para abajo películas enteras.

Juan Romero

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