Yo no soy Madame Bovary (Wo bu shi Pan Jinlian, Feng Xiaogang, 2016)

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A pesar de su nombre, Yo no soy Madame Bovary no tiene nada que ver con la heroína adúltera de Flaubert y sí con un examen de la sociedad de clases en la China moderna en forma de sátira. El título, de hecho, poco favor le hace a la obra en la medida que en la introducción de la película la comparación de la protagonista se realiza con Pan Jinlian, un personaje de la novela de 1610 “El ciruelo en el vaso de oro” que poco comparte con Madame Bovary. Pan Jinlian es famosa por conspirar con su amante para asesinar a su marido, convirtiendo su nombre en significado de una especie de femme fatale.

La historia es sencilla. Li Xuelian es una mujer tremendamente desesperada que busca anular su divorcio argumentando que fue falso. Claro que, para todo el mundo (y para las autoridades) el divorcio es real, pero se suponía que el matrimonio había pactado organizar este divorcio para así poder optar a una vivienda de la empresa donde trabajaba el marido y posteriormente volverse a casar. Sin embargo, el hombre una vez divorciado se casa con otra mujer. Aquí empieza la lucha sin cuartel de Xuelian para deshacer el divorcio o llegado el caso incluso asesinar a su exmarido (de ahí la comparación con Pan Jinlian).

Una vez tenemos estos elementos iniciales, la película se centra en la tozudez de la mujer y en la fragilidad de la burocracia china, puesta en evidencia por la actuación de una sola persona. La sátira se ceba con los funcionarios intermedios de la administración: el jefe de justicia, el diputado del distrito, el alcalde… que siempre miran por su propio interés, el de sobrevivir, peloteando y dando la razón a sus superiores inmediatos. Esto contrasta con los importantes delegados del PCCh, como vemos en un fragmento en el que uno de ellos realiza una diatriba contra la corrupción, apoyándose en el propio caso de Xuelian, a la que se había encontrado momentos antes. Aquí empieza la pesadilla de un montón de cuadros funcionarios, todos hombres, por cierto, que querrán quitarse el problema de las protestas de esta mujer, con escaso éxito.

El punto fuerte de la película de Feng Xiaogang, ganadora de la Concha de Oro a la mejor película en el Festival de San Sebastián, es su aspecto visual. Y es que es impactante y llama poderosísimamente la atención la relación de aspecto. Es una circunferencia. Vemos las imágenes dentro de una circunferencia como si viésemos la historia a través de un catalejo. Hay dos excepciones: las imágenes que suceden en Beijing tienen una relación de aspecto 1:1 (cuadrada), y la última escena, el epílogo, ya tiene un formato habitual, más panorámico.

Hablando de la última escena, en ella se produce una revelación que cambia la forma en la que vemos la actuación de la mujer anteriormente, pero ya es tarde, porque hemos desconectado de la película porque su protagonista no genera empatía, porque en realidad es difícil darle la razón o entender su terquedad. Además, la historia se hace larga en exceso y nos mantenemos en ella por su fantástica fotografía.

Y es que el punto más débil de Yo no soy Madame Bovary es su narrativa. Hay demasiado diálogo y en ocasiones se abandona la sátira, donde la película triunfa, para pasarse un tanto al drama.

De todas formas, como se ha comentado, es un ejercicio muy interesante de forma, y además también es muy interesante ver cómo los chinos se ven a sí mismos y a su sistema. Por lo que se ve, se siente impersonal, jerárquico, masculinizado y poco flexible a la hora de aportar soluciones. Además es muy interesante ver la diferencia de la China campestre y la ciudad. Una lástima que una excesiva duración y una protagonista principal poco empática para el espectador, fastidien una película que podría haber sido una joya.

Alberte Álvarez

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