Múltiple (Split, M. Night Shyamalan, 2017)

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Cuando se habla de M. Night Shyamalan siempre se recurre al tópico de los giros finales en sus películas. Que hacen que de alguna manera lo que has estado viendo hasta ese momento no es exactamente lo que creías haber estado viendo. Y es cierto que ese es un elemento que ha utilizado en numerosas ocasiones, para bien o para mal, teniendo como claros ejemplos El sexto sentido o El bosque. Y sin embargo, hay ciertos elementos que se repiten en la carrera del cineasta indio de manera aún más recurrente y de los que se habla bastante menos, porque quizás es algo más complicado de explicar. En mi opinión, la característica principal del cine por el que se hizo conocido Shyamalan es la capacidad de contar una historia en apariencia ridícula o sobrenatural (o en muchas ocasiones ambas cosas a la vez) de una manera más o menos realista y, sobre todo, tomándosela muy en serio. E intentando conseguir que el espectador acepte los en muchas ocasiones disparatados hechos que relata como plausibles en el mundo real. Otra característica fundamental de su cine es el uso de ciertos colores, objetos y situaciones como símbolos que van reapareciendo en la película para ir construyendo un universo coherente, y acabar retomándolos en el tramo final de la misma para conseguir la conclusión, en muchos casos impactante y sorprendente, que es con lo que se acaba quedando la gente en muchos casos.

Si consideramos esos elementos como los principales sellos de identidad de M. Night Shyamalan, creo que podemos decir sin ningún tipo de dudas que el talentoso director indio ha vuelto a su verdadera esencia con Múltiple, tras los batacazos de Airbender y After Earth, y la muy interesante, pero algo alejada de su estilo personal, La visita.

En Múltiple se nos cuenta la historia del secuestro y cautiverio de tres niñas, con el elemento de la personalidad múltiple del secuestrador como diferenciador de las numerosas propuestas de partida similares que podemos encontrar habitualmente en el cine. En este caso, ese elemento es crucial para darle entidad a la película en varios sentidos diferentes. En primer lugar, porque tenemos a James McAvoy dando un auténtico recital interpretativo, consiguiendo dar personalidad propia a todas las personalidades que cohabitan en él, fundamentalmente a las tres principales, Dennis, Patricia y Hedwig. Y además con la posibilidad de que las niñas intenten manipular a alguna de las diferentes personalidades para que las ayuden a escapar. Pero también porque el recurso de la personalidad múltiple, en principio con una base realista, será el que vaya deformando Shyamalan hasta conseguir introducir, con la última personalidad, llamada la Bestia, ese elemento fantástico que acaba convirtiendo a la película en otra cosa ligeramente diferente en el tramo final.

Porque el grueso de la película es un thriller más o menos convencional. Si bien con muestras del enorme talento de Shyamalan en determinados momentos (la escena del secuestro en sí es una auténtica maravilla) y elevadas por las interpretaciones no solo de McAvoy, sino de una Anya Taylor-Joy que vuelve, como ya hiciera en La bruja, a conseguir dar vida a un personaje muy ambiguo, en apariencia frágil y atemorizado, pero que guarda algún tipo de secreto en su interior (que aquí se nos va contando a través de una serie de flashbacks). Precisamente el uso de esos flashbacks y del personaje de la psiquiatra del protagonista son elementos que utiliza Shyamalan para alejarse por momentos de la trama principal, pero siempre aportando una serie de elementos que acabarán teniendo peso en el final de la película.

Y, evidentemente, tenemos la escena final de la película. En este caso es casi una escena postcréditos, y no es un giro que invalide de alguna manera lo que has estado viendo hasta ese momento, aunque sí lo modifica ligeramente, claro. Es, de alguna manera, una evolución en ese giro clásico Shyamalan, consiguiendo en una escena elevar de alguna manera la película aportando más profundidad a la misma, pero sin negar el grueso de la misma, como hacía en ocasiones. Sin hacer sentir al espectador como que le han engañado con un truco barato. Y además abre la puerta a nuevas posibilidades ante las que cualquiera que haya disfrutado de la película y la carrera previa de Shyamalan espera ansioso.

Juan Romero

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