Llorar en películas

0 Flares Twitter 0 Facebook 0 Google+ 0 0 Flares ×

Se le ha acusado bastante a Juan Antonio Bayona, tanto con la salida de la reciente Un monstruo viene a verme, como en su anterior trabajo como director, Lo imposible, de buscar la lágrima fácil del espectador. De utilizar ese recurso lacrimógeno para tapar sus carencias en otras áreas de sus películas. De intentar, mediante la emoción, conseguir que el espectador salga encantado de una película que hace aguas en determinados momentos. Es evidente que, tanto el tramo final de Lo imposible como el de Un monstruo viene a verme están construidos con eso en mente. Pero también es verdad que ambas, pese a algunos fallos importantes, tienen más cosas en su haber que no solamente la búsqueda fácil de la emoción. Cosas que los que critican esa excesiva y planificada emotividad pasan por alto, al centrar su crítica casi exclusivamente en ese exceso. Cosa que ocurrió también en su momento cuando Alejandro Amenábar realizó Mar adentro, por ejemplo.

A todas esas películas se le pueden encontrar numerosos defectos, es evidente. Pero me cuesta mucho aceptar las críticas que se centran en el exceso de emotividad en ciertos tramos de la misma. Si quieres criticarlas por sus defectos, adelante. Si quieres decir que intentan enmascarar esos defectos tras una pátina de falsa emoción podré estar de acuerdo contigo, o no. Pero si lo único que se dice como crítica es que provoca emoción en determinados espectadores pierde todo valor dicha crítica.

Porque hay numerosas películas que acaban en el último tramo jugando a eso. A provocar descaradamente la lágrima en el espectador. Y sin embargo son películas magníficas. Porque durante el resto del metraje cuentan una historia sólida. El caer en un final emotivo no debe ser malo per se, sino teniendo en cuenta el resto de la historia que cuentan. Es más, un final que te deje al borde de las lágrimas debería ser aún más valioso, si el resto de la película está al nivel. Cada vez que veo películas como (Nuovo) Cinema Paradiso, La última noche o El club de los poetas muertos no puedo evitar emocionarme al final. Y me parecen películas extraordinarias. Y ese final, ese colofón, las eleva aún más en mi escala cinematográfica. Evidentemente, las tres me parecen mucho más redondas que las dos obras de Bayona. Pero el que las películas de Bayona no estén a determinado nivel no implica que las críticas se deban centrar en ese sentimentalismo de Lo imposible o Un monstruo viene a verme. En primer lugar porque el resto de la historia va dirigido hacia ello, no se lo saca de la manga. Y en segundo lugar porque no es malo provocar sentimientos al espectador, sino todo lo contrario. Si las películas de Bayona utilizan la emotividad para enmascarar sus fallos ataquemos sus fallos, primero. Y solo después digamos que esa emotividad es forzada (o no) para intentar tapar dichos fallos. Porque si solo nos centramos en esa búsqueda de la lágrima nos perdemos el problema principal. Y porque la búsqueda de la lágrima, en determinados momentos, no es mala, sino todo lo contrario.

Si alguna vez tengo que criticar El diario de Noah, por ejemplo, intentaré no centrarme en el nauseabundo, tramposo y manipulador final que solamente intenta provocar la lágrima del espectador de la manera más burda posible. Sino que buscaré (aunque no haga falta tampoco buscar demasiado) los numerosos problemas que van poblando toda la película desde el principio hasta el final. Destrozaré vilmente los débiles cimientos de un guion absolutamente lamentable, para que el lector se dé cuenta de que la película se cae a pedazos ante sus ojos. Denunciaré la innumerable cantidad de tópicos y lugares comunes que la película va utilizando a cada paso que da para engañar a los más incautos. Aniquilaré verbalmente la figura de Nicholas Sparks una y otra vez, en una cruzada que seguiré hasta las últimas consecuencias para todo aquel que quiera escucharme. Dudaré hasta de que el director Nick Cassavetes sea realmente vástago de los increíblemente talentosos John Cassavetes y Gena Rowlands, porque ese talento no se ve por ningún lado en la obra de este señor. Pero intentaré no ensañarme con el vomitivo final de la película como si fuera el gran problema. Porque, realmente, en ese caso, no es el problema, sino una consecuencia más de la falta de talento. Y porque en otros casos, un final emotivo no es otra cosa que la guinda a una película realmente maravillosa.

Juan Romero

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *