La nueva ola de series de televisión

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Cuando se emitió el capítulo ocho de la nueva tanda de Twin Peaks (y también en menor medida cuando se emitió el capítulo tres), mucha gente señaló la capacidad de Lynch de ofrecernos algo nuevo, algo que no se había visto anteriormente en televisión. Y es cierto que el capítulo es absolutamente único y que utiliza recursos y técnicas narrativas más propias del cine experimental y surrealista que de una serie de televisión. Sin embargo, pienso que no es un hecho aislado, y que forma parte de una tendencia más amplia que se viene observando en los últimos años.

A finales de los 90 y principios de los 2000 comienza la época dorada de las series de televisión que estamos viviendo ahora. Y ese inicio se puede situar directamente en el momento en el que una cadena de cable, como es HBO, decide empezar a crear contenido propio, de alta calidad. A partir fundamentalmente de Los Soprano y The Wire, cambia la manera de hacer series en Estados Unidos. Empieza a ganar terreno en prestigio y popularidad el drama continuado sobre las sitcoms, los procedimentales y los culebrones que copaban la parrilla hasta entonces. A partir de ahí, y durante los últimos veinte años, ese modelo se ha consolidado gracias al aumento en el número de cadenas que crean contenido propio, a la consolidación de esa manera de hacer televisión, y al interés creciente de grandes actores de Hollywood primero, y de grandes directores después, de incorporarse al medio televisivo.

Sin embargo, la gran mayoría de esas series que acaparan el éxito de crítica y público durante esos años se mueven en parámetros muy similares. Cambia el escenario y la historia que se quiere contar, pero la estructura de la serie, los recursos narrativos y los estándares de producción no varían excesivamente entre Los Soprano, Mad Men y Breaking Bad, por nombrar solo algunas.

Salvo alguna excepción, como puede ser Perdidos, no ha sido hasta muy recientemente que han empezado a brotar con éxito nuevas series que intentan ir algo más allá, que intentan romper un poco con los esquemas establecidos. Y pienso que, si la época dorada de las series comenzó con una nueva manera de hacer televisión, esta nueva ola ha surgido ayudada por una nueva manera de ver televisión. Los servicios de vídeo bajo demanda hacen que las constricciones habituales del formato televisivo prácticamente desaparezcan y hacen que la medición de las audiencias pierda mucho peso en cuanto a la creación o renovación de las series, ganando terreno otros factores como la calidad de la serie y el prestigio que aporta a la compañía, o la repercusión en redes sociales de los capítulos.

Una consecuencia de esa libertad es la recuperación de series “de antologías”, en las que cada capítulo o temporada es independiente del resto, aunque mantengan un tema común. Las antologías de capítulos independientes eran comunes en la televisión de los años cincuenta o sesenta en Estados Unidos (con Alfred Hitchcock presenta, o En los límites de la realidad como ejemplos más recordados), y también en España, con Historias para no dormir, de Narciso Ibáñez Serrador; pero desaparecieron casi completamente de las pantallas durante cuarenta años hasta que Charlie Brooker recupera ese mismo espíritu a principios de la década de los 2010 con la extraordinaria Black Mirror. La existencia de series con temporadas independientes entre sí aunque relacionadas de alguna manera sí es un fenómeno mucho menos habitual, y que es posible que tenga su origen directamente en esta década, cuando Ryan Murphy crea, junto a Brad Falchuck, American Horror Story. El éxito de ésta hace que se popularice el género y surjan otros éxitos como True Detective, Fargo, o las también creadas por Murphy, American Crime Story y Feud.

Otra consecuencia de esa libertad de formato tiene que ver con la duración. Si con el advenimiento de las series de pago surgió la tendencia a acortar las series a 13 capítulos por temporada, con la llegada de la reproducción bajo demanda se empieza a liberalizar no solo el número de capítulos por temporada, sino también la duración de esos capítulos. Por un lado tenemos series británicas como Black Mirror o Sherlock, que son capaces de proponer temporadas de solamente 3 capítulos (aunque en realidad la tradición británica de series siempre fue más proclive a hacer series mucho más cortas), teniendo además la última la particularidad de presentarse en capítulos de hora y media, que es una duración muy poco habitual para una serie (fuera de España). Pero también tenemos en Estados Unidos cada vez más series de 10, 8 o incluso menos capítulos por temporada, y se afianza la estrategia de terminar las series con temporadas más cortas de lo habitual. Y, lo que me parece más interesante y novedoso, existe la posibilidad de hacer capítulos más cortos o más largos en función de lo que pida la historia. Esto, que era algo impensable de hacer en los formatos más tradicionales, es cada vez más habitual. Así, tras el ejemplo de Horace and Pete, de Louis C.K., que por su absoluta libertad de formato era capaz de alternar episodios de 30 y de 60 minutos, han recogido el guante otras series como Mindhunter, que también intercala un capítulo de apenas media hora entre otros capítulos que rondan los 60 minutos. O tenemos series como Juego de Tronos, que se atreve a hacer capítulos de hasta 80 minutos en estas últimas temporadas si lo ve necesario.

También relacionado en parte con la duración tenemos una proliferación estos últimos años de series de 25-30 minutos con contenidos mucho más serios y dramáticos, cuando antes esas duraciones estaban reservadas a comedias al uso. Son propuestas que mezclan algunas pinceladas de humor seco sobre un fondo puramente dramático, como puede ser el caso de Atlanta; o que al contrario, bajo un aspecto de comedia más pura trata una serie de temas realmente dramáticos que acaban ganando peso hasta ser el centro de la serie, como en el caso de Bojack Horseman. Ambas propuestas me parecen mucho más cercanas al drama que a la comedia, y pienso que hace solamente una década hubiera sido impensable no ya solo que tuvieran el reconocimiento que están teniendo, sino simplemente que existieran en el formato que existen. Como impensable era que existiera hace unos años una serie como Comrade Detective, que también rompe las fronteras entre la comedia y el drama, y funciona a tantos niveles diferentes que sería demasiado largo de explicar aquí.

Pero aparte de esos importantes cambios formales, esta nueva ola de televisión se caracteriza fundamentalmente por un enfoque diferente y mucho más arriesgado a nivel estético, técnico y artístico. Es cierto que algunas series de época, desde Carnivále a Mad Men en su momento, sí que intentaron tener una estética más particular, pero siempre se mantenían dentro de un cierto clasicismo. A partir probablemente de Utopía empiezan a proliferar series con una estética mucho más arriesgada y moderna, que además van acompañadas de todo tipo de técnicas y recursos poco utilizados en la televisión hasta ese momento, bebiendo de todas las fuentes posibles, ya sea adaptando recursos más propios de otros medios, como el cine, la publicidad, los videoclips o el cómic, o ya sea reconociendo y subvirtiendo los cánones clásicos de la televisión. En algunas de estas series se nota mucho más la influencia estética y artística de Utopía, como puede ser el trabajo más reciente de Noah Hawley, creador de series como Fargo o Legión, mientras que otras buscan un estilo algo más personal y propio, como Mr. Robot, The Leftovers o True Detective.

Todas ellas además incorporan una serie de recursos en capítulos puntuales para afrontar situaciones de guion realmente novedosos. La manera en que Legión, Mr. Robot y The Leftovers resuelven diferentes situaciones vistas a través de los ojos de un protagonista con gravísimos problemas mentales, a través de un hospital, un hotel o una sit-com ochentera (y permítanme que no sea del todo específico en estos casos para no incurrir en spoilers) es arriesgadísima, pero acaba funcionando de manera fabulosa. Ese tipo de recursos, en realidad, comienzan a aparecer de manera más habitual en algunas series de culto hace alrededor de un lustro, como podemos ver en algún capítulo de Fringe o de Community, pero no es hasta esta nueva ola en la que se hacen mucho más habituales, y empiezan a ganar presencia en series mucho más generalistas y reconocidas.

Un ejemplo claro de técnicas utilizadas en esta nueva ola puede ser el plano-secuencia. Hasta hace bien poco los ejemplos de planos-secuencia en las series se limitaban a dos o tres minutos, y casi siempre en situaciones de personajes caminando y hablando y poco más, como sucede en más de un capítulo de El ala oeste de la Casa Blanca. Y solamente hay algún experimento puntual, como es el mítico episodio Triangle, de Expediente X, que intenta ir más allá, en este caso con un capítulo consistente íntegramente en cuatro pretendidos planos-secuencia, pero que contiene algún corte mal disimulado, demasiados travellings y paneos que no aportan nada y que, a pesar de alguna secuencia más elaborada en el barco, acaba resultando un tanto fallido e innecesario. En esta nueva ola, sin embargo, se apuesta por unos planos-secuencia mucho más espectaculares, repletos de acción, y mucho más justificados por la propia trama del capítulo. Podemos recordar el monumental plano-secuencia de seis minutos de la primera temporada de True Detective como una de las mejores escenas de la historia de la televisión, directamente, y un momento definitorio de esta nueva era en el mundo de las series; o los tres minutos de pelea en un pasillo en Daredevil, con claros ecos a la película Oldboy: o más recientemente, el descomunal ejercicio que ha supuesto un capítulo de Mr. Robot rodado y editado como un solo plano-secuencia, con un resultado prácticamente inmejorable.

Son solo algunos ejemplos, pero pienso que muestran de manera clara ese cambio que creo que he notado en algunas series recientes. Me parece que con solo ver algunas de las que he nombrado, como Mr. Robot, The Leftovers o Fargo, que son ejemplos de series recientes de éxito, se puede observar que pertenecen a un estilo y a una corriente totalmente diferente al de series más clásicas, como The Wire, Los Soprano o Mad Men. Son series que apuestan por un estilo mucho más moderno y no tienen miedo de romper las reglas y las expectativas del espectador. En realidad, aunque muchas de las series de drama de éxito actuales no lleguen a los extremos de modernidad de las primeras, pienso que es muy difícil que pudiéramos ver hace una década propuestas como Stranger Things o The Young Pope, o capítulos como los que dedican en Juego de Tronos a una batalla concreta. En ese sentido, es posible que la única gran serie dramática de éxito en emisión que no chirriaría encontrársela tal cual hace apenas una década en la parrilla es la sensacional The Americans.

Como decía al principio, este cambio de tendencia, con muchas series intentando ofrecer propuestas mucho más innovadoras, viene propiciado en gran medida por el extraordinario aumento en el número de serie producidas, con la introducción en el mercado de plataformas de contenidos a través de Internet, y su inversión para posicionarse en el mercado. Y esta tendencia de grandes dramas innovadores y exitosos es solo una pequeña parte, que sobresale entre un océano de propuestas mucho más convencionales y prescindibles, encabezadas por una pléyade de reboots, remakes y revivals de películas y series antiguas. Habrá que ver dentro de unos años, cuando se estabilice un poco el volumen de creación de series, qué tipo de contenidos y propuestas nos ofrecen, y qué niveles de riesgo están dispuestos a asumir las compañías. Mientras tanto toca regocijarse de vivir en una época en la que David Lynch se saca de la manga una genialidad de capítulo (en una serie por lo demás demasiado irregular y mediocre para sus estándares) y por mucho que sorprenda e impacte da la impresión de encajar perfectamente entre el resto de propuestas televisivas que existen a día de hoy.

Juan Romero

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