La forma del agua (The shape of water), Guillermo del Toro, 2017

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El director mexicano Guillermo del Toro es desde hace ya muchos años una referencia imprescindible para todos los que adoramos el cine fantástico. En su filmografía destacan títulos como “El laberinto del Fauno”, “El espinazo del Diablo”, “La Cumbre Escarlata”, “Pacific Rim” o “Hellboy”, entre otras, y se caracteriza al igual que otros realizadores de renombre como Tim Burton o David Lynch por un estilo personal tanto en lo narrativo como sobre todo en lo visual claramente identificable.

En esta ocasión, tras contar durante toda su carrera con el apoyo de buena parte del público pero no tanto de la crítica ni (sobre todo) de los premios, parece ser que el bueno de Del Toro ha conseguido tocar la tecla correcta y esta “La forma del agua” es contra todo pronóstico (ya es sabido el poco gusto de la Academia por premiar productos de corte fantástico) una de las favoritas para llevarse algunos de los principales Oscars.

La historia no es sino otra vuelta de tuerca al eterno tema de “La bella y la bestia” que hemos visto ya mil veces en títulos como (aparte del citado) “King Kong”, “El fantasma de la Ópera”, “Eduardo Manostijeras” y tantos otros: el amor (a priori) imposible entre dos seres de naturaleza y aspecto muy diferente, y aún así conectados emocionalmente de manera casi incomprensible para aquellos que les rodean. Es también un nada disimulado homenaje al clásico de terror de la Universal “La mujer y el monstruo” (otra de amor imposible) del año 1954, y consigue de manera acertada enlazar esta temática con otras como la de la Guerra Fría entre EEUU y la URSS, e incluso hacer algún que otro guiño a temas tan candentes como el de la discriminación racial o la homofobia.

Mención especial también al reparto, destacando sobre el resto un Michael Shannon que una vez más borda el papel de villano, y la protagonista Sally Hawkins, que da vida a una chica de la limpieza muda desde la niñez y que descubre en los laboratorios en los que realiza su trabajo a una fascinante criatura que hará que su vida solitaria y gris de un giro de 180 grados. Y no olvidemos tampoco la espléndida partitura de Alexandre Desplat, que es casi un personaje más de la historia.

La forma del agua” es una bellísima fábula, muy en la línea de las que suele regalarnos este genial realizador, y que aunque quizá no sea tan redonda como lo fue en su día “El laberinto del fauno”, está por méritos propios entre lo más destacado de la cosecha del año anterior. Recomendada a aficionados al fantástico, los romances “peculiares” y a todos los que todavía vemos el cine como algo capaz de sorprendernos, fascinarnos y emocionarnos con historias no necesariamente realistas pero si fabricadas desde el alma.

J.M. Cobos

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