Gold, La gran estafa (Gold, Stephen Gaghan, 2016)

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En los últimos tiempos hay una cierta tendencia a un tipo de película que cuenta la historia real de uno o varios personajes peculiares que intentan la manera de conseguir dinero y éxito de manera fácil a través de métodos muy particulares, caminando siempre en el filo de la ley. Siempre con el mismo arco de comenzar en lo más abajo, perseguir una idea delirante hasta sus últimas consecuencias, asegurándose el éxito, y acabar con una inevitable caída, en muchos casos a manos de la policía. Esa tendencia comienza posiblemente con la monumental El lobo de Wall Street y, a rebufo además de ese estilo característico de Scorsese, de altísimo ritmo y ciertas dosis de humor, surgen obras mediocres que palidecen en comparación a aquella como son La gran estafa americana, Juego de armas, o esta Gold, la gran estafa.

Stephen Gaghan, director de la confusa Syriana y guionista de la aclamada Traffic, de Stephen Soderberg, dirige esta historia centrada en el auge y caída de un empresario dedicado al negocio del oro. Matthew McConaughey se transforma físicamente del mismo modo que hizo Christian Bale precisamente en La gran estafa americana, apareciendo calvo y gordo para dar vida al protagonista de la película, Kevin Willis. Willis es un empresario que ha dilapidado el gran negocio que había heredado de su padre, y que finalmente se lo juega todo a una carta para, convenciendo al explorador Michael Acosta, buscar oro en la selva de Indonesia. A partir ese elemento inicial, la película se desarrolla más o menos como cabe esperar. Con el éxito de esa misión suicida, diversos problemas aparejados a conseguir ese éxito, el ataque de los competidores en el sector, mucho mejor preparados para manejar una fortuna de esas características, y la caída final del protagonista.

Y realmente, durante la mayor parte de la película te da la impresión de estar viendo una historia que ya has visto demasiadas veces. Al igual que sucedía en Juego de armas, la película crece cuando los protagonistas están sobre el terreno, y termina por aburrir cuando se centra en los aspectos económicos y financieros. Así, las secuencias de la búsqueda del tesoro en Indonesia, encabezadas por un sensacional Édgar Ramírez interpretando a Michael Acosta como una especie de mezcla entre Indiana Jones y el personaje de Humphrey Bogart en El tesoro de Sierra Madre, son lo mejor de la película con mucha diferencia. Pero acaban resultando realmente escasas, ganando cada vez más y más peso la vertiente financiera, y los tejemanejes de empresas competidoras por hacerse con el negocio de Willis.

Ese tramo central de la película, excesivamente largo, aburrido y formulaico, y aderezado además con un par de flashforwards que lejos de generar interés por lo que está por venir solo sirven para fastidiar alguna de las sorpresas que el guion nos tiene reservadas, es una losa demasiado pesada. Así, esos giros de guion que aparecen en el último tramo de la película, aunque muy interesantes, llegan demasiado tarde, y están resueltos de manera demasiado apresurada como para poder levantar la película.

Así, una historia que sobre el papel podría resultar muy interesante, y que seguramente después de ver la película te quedes con ganas de saber más sobre la historia real, acaba sepultada por una estructura y un ritmo lamentables, que relega los elementos más interesantes como son la excavación en Indonesia y los giros finales a los márgenes de la película, para centrarse en situaciones mucho más aburridas.

Juan Romero

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