Frantz (François Ozon, 2016)

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El siempre interesante y retador François Ozon realiza con Frantz la que quizás sea su película más clásica. No en vano Frantz se inspira libremente en la película Broken Lullaby de Ernst Lubitsch para contarnos la historia del enigmático francés que acude a llorar a la tumba de un soldado alemán en la ciudad alemana donde éste vivía. Todo justo después de acabar la I Guerra Mundial, que para Alemania acabó en humillación y deseos de venganza entre buena parte de sus ciudadanos.

Adrien Revoir es el joven francés que pronto acabará presentándose a la familia del joven alemán fallecido como un amigo íntimo de Frantz de cuando ambos coincidieron en París. En un principio rechazado por el padre, finalmente es aceptado por ambos progenitores y por la prometida de Frantz, Anna, sobre la que en realidad recae el peso de la película, a través de sus dudas y acciones. El francés es el único que les puede entregar un poco de lo que fue Frantz después de irse de casa y antes de irse del mundo.

Sin embargo, ya desde el principio surgen dos clarísimas hipótesis de qué relación real tenían el joven francés y el joven alemán, y una de ellas acaba siendo la verdadera, con lo que la sorpresa es minúscula.

La película llega, tras un inicio algo lento que rápidamente se transforma en fascinación por el desarrollo de la trama, a un clímax que da paso a una resolución con la que la cinta bien podría haber terminado satisfactoriamente. Sin embargo, todavía queda casi la mitad de la película, en la que la joven prometida del soldado fallecido va a Francia en búsqueda del soldado francés. Esta parte se hace algo más pesada y es menos sutil (por ejemplo, tenemos un claro homenaje a Casablanca con todo un café cantando La Marsellesa), y pretende darnos también la visión de sufrimiento, heroicidad y orgullo francés, después de haber visto durante la anterior parte el resquemor y furia latentes de los alemanes tras la muerte de sus familiares y amigos en el campo de batalla.

Las tramas que se mueven detrás tienen que ver con el deseo de perdón, con la restitución de la memoria del ser querido y con las dificultades de entendimiento entre seres iguales pero que por circunstancias ajenas han caídos en diferentes bandos. Además, la prometida, nos muestra las dificultades para salir adelante a pesar de la fortaleza mental que demuestra, pero que se irá erosionando a medida que el forastero que conoce mejor a su prometido que ella, acabe por transformarse en el mismo modelo que encarnaba Frantz.

Ozon rueda con un gusto exquisito este drama, con un bellísimo blanco y negro (se observa cierta inspiración en La cinta blanca, de Haneke), que a veces (y no del todo comprensiblemente) rompe por algunos planos en color. El color, para las escenas que más tienen que ver con la memoria de Frantz o de lo que tenía más que ver con él. Decisión arriesgada, aún así, pues el blanco y negro a lo largo de todo el film no hubiera hecho perder ninguna característica importante y sin embargo habría ganado en integridad.

Desde luego, esto no empaña la gran película que es Frantz. Tras un comienzo algo plúmbeo y las dos mitades algo desparejadas, nos encontramos ante una película que tras salir del cine va creciendo en ti hasta que las virtudes solapan a todos sus defectos, y nos quedamos con esa historia verdadera, trágica y a la vez romántica. Cine clásico del de verdad en manos del irreverente Ozon.

Alberte Álvarez

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