El Crepúsculo del cine mudo

The Jazz Singer (1927) Directed by Alan Crosland Shown: theatre featuring marquee and display
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Mil novecientos veintisiete. Año en el que se realiza la primera llamada telefónica transatlántica y año de creación de la CBS. Un año lleno de defunciones y eventos muy relevantes y determinantes, nacimientos como el de Chávez, Roger Moore y Barbara Payton. Pero los cineastas y amantes del cine recuerdan perfectamente 1927 como el año de nacimiento del cine sonoro. Y todo gracias a Warner Bros., Alan Crossland y a El Cantor de Jazz.

En una época de culminación y perfección del cine mudo – en la que se había llegado a una perfección estética, a la fotogenia, al brillante juego de luces y sombras, y a la sofisticación del montaje – la llegada de sonido al cine rescató a la Warner de una caída a la ruina casi segura. Obligaron, así, al resto de productoras a realizar una inversión gigante, para poder añadir diálogos a las películas, siguiendo los pasos del primer filme sonoro que no tan solo triunfó entre el público, también marcó un antes y un después en la cinematografía y en las vidas de los que formaban parte del maravilloso y aparentemente fantástico mundo del cine.

Los directores ya no solo necesitaban caras bonitas y expresivas. Era necesario que los actores no solo fueran fotogénicos, tenían que ser “FONOgénicos”, hablar el inglés y también tener un buen acento, en caso de que quisieran ser alguien en la ciudad de las estrellas. Había quien creía que los diálogos afectarían negativamente el cine, en el sentido que todo el montaje y los planos perderían importancia, pero, sin embargo, hubo quien supo aprovecharse del cine sonoro y sacarle partido. Las empresas invirtieron millones en cámaras que pudiesen sincronizar el sonido con la imagen, en la insonorización de las salas de rodaje, y muchísimas necesidades más del cinema sonoro.

Esta época de cambios positivos y negativos inspiró a Gene Kelly y Stanley Donen para Singin’ in The Rain, y a Billy Wilder para Sunset Blvd. Mientras la primera explica la transición y el proceso de realización de una película sonora desde un musical manierista, el film noir en cuestión prefiere hacerlo desde una nostalgia y tristeza que solo puede aportar el cine crepuscular. Y del enfoque que nos proporcionan las dos obras maestras sobre el cine sonoro es de lo que vamos a hablar.

Singin’ in The Rain, como ya he dicho, ilustra de una forma genial lo que supuso el sobreesfuerzo de crear una película sonora. Ya solo para empezar, se escenifica lo que supuestamente fue el estreno de El Cantor de Jazz, y se compara a los actores de teatro con las estrellas de cine que “solo gesticulan”. Lina necesita clases de dicción para poder llevar a cabo escenas dialogadas, en las que ni tan solo sabe usar el micrófono, en parte, ya que exagera hasta tal punto, que no habla en dirección al aparato. ¿No parece paródico que una actriz represente un personaje con problemas y situaciones tales en una película?

Las dificultades tecnológicas, aún así, no solo eran la colocación de micrófonos; el musical también muestra como la sincronización del sonido con las imágenes fue un verdadero reto, y que la inexperiencia jugó malas pasadas no tan solo a los actores. Al final, Kathy deviene la dobladora de Lina, y su voz aparece en lugar de la pobre actriz que no consigue adaptarse a la nueva forma de hacer cine. Y, como dato curioso, la actriz que interpretó a Kathy, la gran Debbie Reynolds, también precisó de una dobladora en los números musicales.

Sunset Boulevard, en cambio, nos explica una parte más oscura de lo que supuso la aparición del sonido en las películas. Muchas estrellas, como ya hemos dicho, no se adaptaron al cambio, o no quisieron adaptarse, y quedaron en el olvido. Norma Desmond es una de esas actrices frustradas que fueron grandes divas del cine mudo, que ahora vive con tan solo la compañía de Max, su mayordomo, en una casa demasiado grande llena a más no poder de sus fotos y retratos. Inestable psicológicamente, la actriz responde a cartas de fans falsas, y espera la llamada que nunca recibirá de Cecil B. DeMille, deseando el retorno a la gran pantalla. Porque una vez fue la más grande de las estrellas, es “gracias a ella que Paramount sigue en pie”, pero ahora lo único que hace es lamentarse, ver sus propias películas maldiciendo aquellos que la echaron del spotlight.

I am big. It’s the pictures that got small”. Ella sigue siendo grande, pero las películas se han hecho pequeñas. Una de las muchas duras criticas que hace la actriz a los filmes con diálogos, y a la vez, una alabanza majestuosa al cine mudo. Un cine que, según los espectadores, iban improvisando los actores, un cine que no era escrito por nadie. Donde brillaban los Fairbanks, Valentinos, Gilberts. Sin embargo, tuvieron que abrir las bocas y empezar a hablar, ¿verdad?

Sin embargo, Gloria Swanson, la actriz que interpreta a Desmond no fue un cadáver del cine mudo. Ella se adaptó y hasta triunfó siendo, más adelante, una mujer de negocios. Von Stroheim, Max en la película, continuó con su carrera como director. Él dirigió a Swanson en una de sus mejores películas: la Reina Kelly, y, ahora, la proyecta en el salón de una casa en ruinas a una mujer que solo acepta visionar sus propias actuaciones.

El metalingüismo de las dos obras maestras nos ayudan a comprender lo que supuso un hecho que hoy en día nos parece tan normal y común: poder escuchar los diálogos de los personajes en el cine; y nos transportan dentro de un universo que, lamentablemente, nos recuerda y nos hace entender que lo que pasa en las películas, se queda en las películas, y que la ficción no deja de ser ficción.

Mar Maduell

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